Los bancos de desarrollo son instrumentos de política, pero ¿de cual?

Tanto en mi libro: “El fin de la banca de desarrollo” como en mi blog y otros escritos, he señalado que los bancos de desarrollo están entre (quizá debiera decir que son) los instrumentos de política económica más efectivos con los que cualquier gobierno puede contar para incentivar determinadas actividades económicas.

Para definir su papel surgen muy diversas interrogantes. Pero, dada su diversidad y ante la limitación de espacio, aquí me limitaré a dos: ¿Cuál debería ser su vocación? ¿Cuál tendría que ser su estructura?

La primera es la fundamental, porque se refiere al contenido o esencia y la segunda es secundaria, porque hace referencia al continente o envoltura; aunque ninguna de las dos es irrelevante.

Pero no me queda duda de que antes de definir al instrumento se debe empezar por definir la política que deba apoyar: ¿Se trata de generar riqueza y bienestar… o de compensar las deficiencias del mercado? ¿Se trata de construir un nuevo modelo de país o de remendar con parches el que tenemos?

Basándome en mi experiencia en el Fondo de Equipamiento Industrial (Fonei) y en la Nacional Financiera, entre otros, afirmo contundentemente que la banca de “desarrollo” debería hacer honor a ese atributo y no ser equivocadamente banca de “compensación”.

No niego que existen deficiencias en el mercado, pero para compensarlas son más efectivos otros instrumentos de la política y no pervertir la sana función de una banca que, repito, debiera ser de desarrollo.

Hasta ahora no identifico, como lo hizo Corea (por ejemplo) y otros países hoy desarrollados, cómo nos queremos ver dentro de, digamos, cincuenta años. ¿Aspiramos a ser una entre las primeras cinco economías del mundo? ¿Queremos insertarnos dentro de las nuevas tecnologías? ¿En función de qué alineamos nuestro sistema educativo y de investigación? ¿Nos vemos como una economía aislada o interdependiente? ¿Cuál es el modelo que nos inspira? ¿A qué prioridades asignamos recursos escasos?

Esa visión del país que queremos y que necesitamos debería ser el marco dentro del cual se acomoden las piezas que lo integren y no al revés. Tratar de diseñar separadamente elementos sin algo que les de coherencia, daría como resultado un Frankestein y un desperdicio de energía y recursos que no nos debemos seguir permitiendo.

El no haber tenido (o haber olvidado) esa visión integral, ha dado como resultado la pérdida de esfuerzos en la banca de desarrollo industrial, y así lo relato en mi libro.

El mandato para los bancos de desarrollo no debería ser definido ni ejecutado con visión de corto plazo; como tampoco lo deberían ser sus operaciones.

Por ejemplo, la compra de derechos de cobro de cartera de corto plazo (llamada factoraje) es una actividad financiera lucrativa, sin duda, pero que nada tiene que ver con una banca de desarrollo; sin embargo, el FINANCIAMIENTO DE PROYECTOS, que requieren de financiamiento de largo plazo (no atractivo para la banca comercial) ya sea para la modernización industrial o para la generación de nuevos negocios (para ilustrar sólo con algunos ejemplos) se ha abandonado en la banca de desarrollo industrial.

Tampoco se sigue aprovechando el enorme potencial, porque se le ha malinterpretado, de la FUNCIÓN INDUCTORA que significa el modelo de segundo piso, tan eficaz como fue en el Fonei y que sigue siendo un modelo en el Fira (ambos del Banco de México). Ha predominado, salvo en esos casos, la ambición de gigantismo que lo menosprecia.

Si verdaderamente se busca la eficiencia y la eficacia, existen y existieron modelos de segundo piso probados.

A los bancos de desarrollo no se les deberían encomendar, con cada cambio de gobierno, tareas de moda ni de alcance cortoplacista, ni ajenos a su mandato. En todo caso, se les podría instruir o facultar la administración de programas o tareas emergentes mediante la institución de fideicomisos u otras figuras legales pertinentes, pero sin alterar ni distraerlos de su función fundamental.

Tampoco se les debería medir, ni por los números de su balance ni por sus resultados de corto plazo, sino por los efectos de su gestión con perspectiva de largo alcance.

La cuestión de si las tasas de interés de los bancos de desarrollo deberían ser subsidiadas ni siquiera tendría que ponerse sobre la mesa, si de lo que se tratara fuera promover actividades económicamente sustentables y rentables. Si no lo fueran, para qué emprenderlas… ¿Para seguir siendo un país mediocre?

En cuanto a la estructura de los bancos de desarrollo: si deberían seguir siendo especializados, integrarse en uno solo o constituirlos en un consorcio, sigue siendo irrelevante mientras no se defina el modelo de país que deban ayudar a construir y se entienda que, una vez definido su mandato (necesariamente con visión de largo plazo) debe dejarse madurar y producir resultados, también en el largo plazo, y eso significa dotarlos de una efectiva institucionalidad y respetarla.

Pero esas definición y acción le corresponden al estadista.

Por Jesús Villaseñor Artículo original aquí.

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